lunes, 17 de diciembre de 2007

Stultifera navis. Primeros meses del 2006

Hispania me espera, cuando me marche se quedarán aquí todos mis libros, el polvo será su sustento, las palabras que guardan habrán de acribillarse unas a otras, después no quedarán sino los besos y los dolores punzantes inéditos.
Ya lejos empezará la historia, me cuestiono con seriedad si he de borrar las noches de espanto, las tardes de espera desesperanzadora. Estertores, berridos. Habré de descocerme la sombra.
España es la garantía, quizá no de luz, ni amaneceres con promesas. Y aunque la barca sea anacrónica y el avión carezca de romanticismo, la angustia encontrará arrullo cuando la barca de los locos se redima con el mar.
Adiós piedras, adiós injustificadas tragedias.
El corazón tiembla pero el hierro habrá de ser piadoso.
Y yo, Tzinacán, regiría las tierras que dejó Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.
Jorge Luis Borges, La escritura del dios.
El conocimiento cimbra como un alarido; despertamos entonces de diversos sueños, el sueño de la infancia, de la madurez, de la vida. Dormidos hasta que la ultraconciencia levante las tumbas.
Desperté de tu amor como Tzinacán despertó de la vida.

Spleen. Septiembre/ 06

Vivo a medias, en un aletargamiento casi insalvable, con separaciones inmensas. Caí en el círculo del spleen sin el verso, sin la prostituta o el vino. Porque no es cuestión de reducir o ensanchar los espacios, con la muerte mi dolor no se calma.
No tengo nada para reclamarle al grito: mi aparente postración es un bramido –aun ahogado- que no cesa. Esa costumbre de tener el corazón crispado, dedicatoria para los desencuentros y las ya tan trilladas despedidas.
La mayor de las indolencias: la melancolía es un mal tan poco propagado.