jueves, 10 de enero de 2008

A La luna, claro. Mayo/2004

Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humano la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.

Jorge Luis Borges

Si la eternidad guardara celo con el mismo fervor que acuña al universo, la luna seguiría siendo el deleite para los desamparados que se guarecen con ella.
Místico resplandor que envenena la sobriedad, contradicción de la lógica y amante del sin sentido que permuta la gravedad y se lleva nuestros rastros a su casa sin techo.
Salvadora de genios que recalan en las orillas del espacio muerto, engendrantes de quimeras sustentadas por la razón que se acomoda en el verbo.
Luna de tres caras según las congojas de los que la atisban, hecho inmune a los azares del mundo prevenida de la perversión a sus soplos.
Punto aún más consciente de la repetición irrevocable que nutre al nominado destino; partidaria del círculo perpetuo, mártir de su atemporalidad malogrando así la sintonía sideral.

miércoles, 9 de enero de 2008

"En mis manos levanto una tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes, sedientas de catástrofes y hambrienta"

¿Cuál es el atizador de mi escritura?
La tristeza me amordaza, me sumerge, no me suelta; espera de mí una rendición completa y además paciente.
Si por una casualidad milagrosa la alegría me inundase, me olvido de mi pluma de escritora en cierne, de los libros y demás acechos que me priven de la vida.
El amor tampoco, traigo incrustado a Pessoa: "(...) Nada le pido a nadie, ni a ella, sino pensar.", sí, sólo quiero pensar, armarlo entre las sábanas, presagiar su olor, adivinar en los días más fríos su escurridiza presencia.
La poesía no vuelve, de cualquer manera ella se basta a sí misma, no precisa de tanteos de manos torpes, primerizas, ni mucho menos de adornos que quieran encerrarla entre palabras.
No escribo por necesidad, como escritora abnegada sometida al Hado penitenciario ordenándome que convierta a la escritua en menester.
No, yo escribo en lo efímero, no en la piedra; las palabras por más belleza y verdades que guarden, pasan de hoja a hoja, de memoria a memoria, y un día se extinguen sin rastro en el sepulcro de la letra muerta, en las exhalaciones inocuas que nos vienen a la boca.

domingo, 6 de enero de 2008

Algo sobre la renuncia necia de la belleza

Los poetas no saben, no quieren escribir cualquier cosa que no sean poemas.
Quedó claro: hay verdades que no pueden decirse emperladas. La belleza en ocasiones resulta abrumadora, odiosa e innecesaria. Sin embargo, el conocimiento con rima y construcciones caras nos embelesan, luego, con un aproximación minuciosa hay algo que se mueve por dentro, pero preferible es quedarse mecidos entre las palabras, antes que el entendimiento total nos asalte y reviente.

La caída

“Estoy triste, pero siempre estoy triste” –un poema que seguramente recitaba de niña, pero he aprendido a olvidarlo-.
Fui leyendo el libro con cautela para no sentir como Kafka la alerta constante de un estallido final.
Las pocas veces que me detuve para ver detrás de las palabras, cimbraron calladas, persistentes verdades.
Se cuenta la historia de el hombre que tenía un amigo en la cárcel, el hombre dormía en el suelo como signo de complicidad con el preso, Jean-Baptise se pregunta y yo me pregunto con él: "¿Quién, querido amigo, quién se acostará en el suelo por nosotros? "
Él, juez penitenciario en un bar plagado de proxenetas, perdidos y putas en los subterfugios de Amsterdam, México-city es el nombre, él no sabe el motivo y yo con natural instinto prefiero también ignorarlo.
Un hombre que con gran prestigio en París, renuncia para entregarse a una buhardilla únicamente con un cuadro robado, sentenciando para que el remordimiento se mitigue pronto, en monólogo incesante pareciendo más bien estar declarando; espejo repugnante para quien con paciencia lo escucha.
La caída, la caída de la mujer en el Sena, condenándolo a la ausencia sempiterna de la redención y ser nada más que uno y solo y ya nada.