miércoles, 9 de enero de 2008

"En mis manos levanto una tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes, sedientas de catástrofes y hambrienta"

¿Cuál es el atizador de mi escritura?
La tristeza me amordaza, me sumerge, no me suelta; espera de mí una rendición completa y además paciente.
Si por una casualidad milagrosa la alegría me inundase, me olvido de mi pluma de escritora en cierne, de los libros y demás acechos que me priven de la vida.
El amor tampoco, traigo incrustado a Pessoa: "(...) Nada le pido a nadie, ni a ella, sino pensar.", sí, sólo quiero pensar, armarlo entre las sábanas, presagiar su olor, adivinar en los días más fríos su escurridiza presencia.
La poesía no vuelve, de cualquer manera ella se basta a sí misma, no precisa de tanteos de manos torpes, primerizas, ni mucho menos de adornos que quieran encerrarla entre palabras.
No escribo por necesidad, como escritora abnegada sometida al Hado penitenciario ordenándome que convierta a la escritua en menester.
No, yo escribo en lo efímero, no en la piedra; las palabras por más belleza y verdades que guarden, pasan de hoja a hoja, de memoria a memoria, y un día se extinguen sin rastro en el sepulcro de la letra muerta, en las exhalaciones inocuas que nos vienen a la boca.

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