viernes, 23 de mayo de 2008

Lamentaciones de Eco

Tiresias lo dijo: “él no sabrá de vejez si llegara a conocerse”, fue concebido por las aguas como el lirio, y desde su primer atisbo a la vida fue amado por tan extraordinaria belleza.
Yo, condenada al repetir de las palabras últimas, le vi caminando por la tierra como un ser nacido desde el mundo. Sentí un dolor indecible en el pecho, esperando fervorosamente su voz para degustarla ya gastada en mi boca.
La apoteosis se hizo: habló y repetí y hubo unas nupcias en torno a las palabras. Sin meditarlo me lancé a sus brazos, su respuesta fue un rechazo rotundo. Me guarecí en subterfugios, las cuevas, con todo el amor hacia adentro, callado.
Con el pensamiento lo maldije deseando el mismo sufrir para él y se hizo: no tenía conciencia de su propia hermosura y al reflejarse en el lago, quedó prendado de su propio reflejo.
Amor más trágico no ha habido nunca, yo le lloro y le lloro, Narciso, queriendo salirse de sí mismo y consumar el amor. Narciso, en el claustro de su cuerpo sin puerta, fragmentos de un dolor sin respiro.
Yo estuve cuando el lago lo aferraba con ansia, y cuando dijo adiós, en mi garganta mil veces más vieja y herida, otro adiós lo venció.

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