lunes, 26 de mayo de 2008

Otros espejos

Tuve dos incentivos en mi infancia, aparte de las películas que marcaron la cinefilia de mi generación como La Princesita y El Jardín Secreto, estuvieron siempre por encima: Como Agua Para Chocolate y La Casa de los Espíritus, en ésta está Clara, adivinaba lo que los aires traerían y un día se le metió la muerte y permaneció muchos años en silencio, en la abstemia de la palabra hablada pero el amor que alguna vez pudo ser de Rosa, su hermana, se le transfirió despertándole la voz.
Tita, la de mi película, se encierra por dos días en un palomar y ni la historia del fósforo, ni la devoción que le profesaba el médico gringo le robaron suspiros atenuantes; sólo escucha y mira como Clara mira.
¿Por qué no enaltecen el estoicismo de las que no hablan? Entre más tiempo pasa, hablar es calamitoso, es tan aburrido como la lágrima pasada: inútil y salva. No me sorprende que a Neruda le guste que Matilde calle porque está como ausente, así como el matemático en el álgebra, el pintor al óleo, la nota en el músico o el músico en la nota y sigue y al igual que estos al poeta le llega la verdad violenta y un buen día en la cuenta cae que nada valen las palabras.

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