jueves, 10 de julio de 2008

Añoranzas de Aurora Pontier (2004)

No es que muera de pena, no miréis con cara de incomprendido, nunca me habéis dado vergüenza ni he carecido del denuedo para mostraros, es sólo que… cuando se cierran los telones os he hecho más mío y menos de nadie, os he llevado a cuestas sin darme aires de desventurada. Me escogieron para ser mujer ¿qué queréis? Que no se me condene por esto, es cierto que falto riesgo pero mi pasión no os atreváis a ponerla en duda. Mejor me sostendré en tu regazo, remembremos los días de júbilo donde la sensatez y el decoro eran ajenos a nuestro amor desbocado, recordadme del día de nuestra huída en que llenamos al cielo de bendiciones y besos fervientemente agradecidos cuando vuestro padre hubo consentido en no mandaros lejos, acto no tan benevolente pues había determinado dirigir vuestra vida evidentemente, lejos de mí.
Llegaste agitado y trémulo, me propusiste marcharnos y yo con imprudencia respondí que sí. Hechizamos el duelo y le ordenamos que volase alto. Corrompimos la desazón convirtiéndola a delicias. Nos faltó ensalzarnos ante el tribunal de familia al no sucumbir la tentación que provocaban nuestros cuerpos flamantes y ofrecidos.
Mis días de mujer enjuta están pesando, ha mucho los relámpagos ya no rugen con el mismo furor, mi alma exigua acecha desde su esterilidad la vida inquieta y chocante que no repara en ella.
No fue sencillo emperlarme y retener el agua salada de mis cuencas que inminentemente se consumían y ahogaban mi voz.
¿Qué hicieron de mí? Mientras me embalsamaban no se me advirtió que moriría al instante y que mi perdurabilidad se representaría en el polvo. Repartiéndome, fui menoscabando rápidamente mi potestad.
Que absorba la luminosidad que pude haber dejado encendida, que se me condecore por mi flexibilidad y mi no intervención respecto a la corriente. Mi religiosidad fanática como seña de mi capacidad afanosa.
Dispensadme vos por haberos usado como confidente sin recepción, hueco dolor inventado, falso sentimiento agitado. Sóis más frío que las piedras y no hayáis resquicio para traspasarme.
Me dejé engarzar con el consuelo de un final en camino. Venid alas blancas y apresurad minutos que descienden como hojas marchitas, indecisas de la prometedora parada. Venid no sin antes permitidme llorar las lágrimas que nadie derrochará por mi partida.

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