domingo, 31 de agosto de 2008

La Rosa

Hay un cuento escrito por un genio, en resumidas cuentas es así: un hombre espera como todo hombre que le guiña la vida realizando en su presencia un milagro, milagros de magos de quinta. Como siempre sucede, el hombre como todo desesperado esperanzado amargamente llora, mientras llora, a su lado, en silencio majestuoso surge la Rosa, nunca la verá.
Yo estoy abandonada de la Rosa y asustada y asqueada del camino me salí a la orilla y aun no vuelvo de llorar de mar.

***

Pregunto
pregunto mucho
pregunto desde que tengo memoria
y me disfrazo secretamente
bajo la risa de idiota
eso quiero
esconderme
no permitir que lo que espero me encuentre.

Tengo sospechas de una paranoia crónica
sin olvidar mi deplorable hipocondria
en mi vientre se gestan vacíos los infiernos
sólo mi corazón es de materia luminosa.

Yo que amé sin cesar la oscuridad
sin saberlo
Entregaré y sepultaré mis lágrimas
dolorosos despertares vendrán
anunciando el amanecer
a las sombras.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Algo sobre la serpiente emplumada

Hablando sobre la carga significativa de la serpiente emplumada, se dice que es cuando la tierra se hace sabia. La realidad que enraizada emprende el vuelo, cuando se anula la tierra para despegar, la caída es pavorosa, insondable y ya no queda sino aceptar los vuelos futuros sin itinerario.
Y en el aterrizaje inexorable, resta sólo el apesadumbramiento de lo que fue, en otras líneas esculpidas, para los seres de alas precoces.
El devenir no perdona, los forcejeos han apolillado los conductos por los que pasaba el alma. La tierra se revuelca en su insignificancia para los ojos que han visto de cerca el cenit.
Nos hemos quedado sin nombre. Y la tierra ya no es tierra y las alturas no sacian.
2005

domingo, 17 de agosto de 2008

Lugar común

S. no llora porque de niña le dijeron que repartiera bien su llanto pues el llanto (como todo) es marcecible, entonces ella procura no gastarlas porque sabe que en todos los caminos hay un siglo (en el tiempo del dolor) de torrenciales lágrimas. Yo lloro como León Felipe: "para que no se seque el mar", empero también porque en algún momento sueño con el fin de mi mar personal, quiero decir, es insondable mi negrura, pavoroso es el abismo que se esconde pletórico de claridad. Llamamos a la noche porque somos los hijos de perdidos paraísos y el sol nos besa con desenfreno a la cara pero cual niños heridos apartamos de inmediato la febril caricia, no vaya a ser que se nos haga una costumbre amar.