jueves, 10 de enero de 2008

A La luna, claro. Mayo/2004

Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humano la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.

Jorge Luis Borges

Si la eternidad guardara celo con el mismo fervor que acuña al universo, la luna seguiría siendo el deleite para los desamparados que se guarecen con ella.
Místico resplandor que envenena la sobriedad, contradicción de la lógica y amante del sin sentido que permuta la gravedad y se lleva nuestros rastros a su casa sin techo.
Salvadora de genios que recalan en las orillas del espacio muerto, engendrantes de quimeras sustentadas por la razón que se acomoda en el verbo.
Luna de tres caras según las congojas de los que la atisban, hecho inmune a los azares del mundo prevenida de la perversión a sus soplos.
Punto aún más consciente de la repetición irrevocable que nutre al nominado destino; partidaria del círculo perpetuo, mártir de su atemporalidad malogrando así la sintonía sideral.