domingo, 17 de febrero de 2008

Poesía: la lucha contra el sujeto fragmentado / 25-09-05

“Porque un día, al despegar los párpados, me eché a llorar, sintiendo que vivía; (…)”, así clama Ifigenia, y nosotros, con la misma voz, llenamos la tierra de lamentaciones, he ahí que nació ése, nuestro llanto insondable, lágrimas que nos prestó la mar para humectar los páramos enjutos.

Estamos hechos de guerra, odio, de ternura y hambre crónica. Desde el primero de nuestros instantes, cuando el universo nos expulsa nos condenaron a absorberlo todo y mirarlo todo también; la realidad no es sino la composición del yo, que se contagia y enferma de otras almas. Dice Borges: “(…) Soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy” y esto no es remitirse estrictamente al nihilismo, sino al empeño de gritar el yo, que pretende verse unificado y que cuando se descubre en fragmentos, con la misma tenacidad con la que se cohesiona se niega.

El tiempo nos reclama, arrastra todas las piezas que se vuelven anacrónicas, hasta no ver la aparición de “el otro”. Es por ello que no sólo regamos el suelo a pedazos, sino que llega el momento en el que se derrumba un todo y a fuerza deben de brotar y convertirse los rescoldos que se dejan. “He conservado intacto tu paisaje/pero no sé hasta dónde esté intacto sin ti”, cuando nos vestimos de otros aires, en un lado nos dirigió Bóreas y ahora está en acecho Noto, cambiamos de escenas y de personajes en cada uno de los acto en los que se debe improvisar.

La poesía –que no reduzco a la palabra- llega como un bálsamo, para la escisión del hombre,
Saramago habla del “pensamiento autóctono”, el incorruptible, que se predispone al mundo, es quizás el que está ligado a todas las flores que la poesía recoge. Es la batalla que se declara al tiempo y a las formas que nos delimitan y nos abren, no es un ir más allá de ello, sino un más acá, adentro; en palpitaciones mudas que sólo el espíritu acoge, donde los siglos han perdido su facultad de carga y se reducen a un melancólico consuelo.

No hay corazón que vibre en un mismo compás, pero sí que se une a la sinfonía que desde siempre nos depararon los astros. Es el canto donde las letras sobran y donde toda posible notificación falta.

Ahí parte, también, el horror de sabernos solos. Acogiendo ya, esa dolorosa mezcla, reconociendo en esta manifestación -cuando el sentimiento poético irrumpe- es incapaz de transmitirse y el alma se queda maniatada; la metamorfosis surge como un suceso inenarrable, únicamente permanece ahí, resplandeciente en las entrañas.

Queda entonces, concluida y no, la obra poética; las hojas del otoño no tienen nunca los mismos colores para el que las recibe, sin embargo, éste sabe, en una íntima complicidad, que el árbol se ha quedado desnudo exclusivamente para los ojos que corresponden a esa tarde.