miércoles, 9 de abril de 2008

Orfeo y Eurídice

Éste es sin duda el mito que le quitó concepto al amor y lo convirtió en la quimera perenne de esa criatura que con pulcritud retrató Austen: la mujer que espera y espera y espera.
Orfeo era un artista, un poeta en la lira; montes, mares, gusanos y cuervos se mecían conmovidos en él. Su música removía las vísceras del ciego y calmaba el estruendo insoportable del sordo.
Se enamora de Eurídice la Musa-Ninfa que por la mordedura de una serpiente muere. No imagino a Orfeo, donde en un rapto de inspiración poderosa estremece a todos los seres del Ténaro incluyendo al mismo Hades y logra así rescatar a la somnolienta Eurídice de la insoportable atemporalidad del subsuelo .
No fue por ella como feliz caballero: ni la espada en el cinto ni en la mano el azor, no combatió con monstruos fantásticos para rescatarla de la torre más elevada (y por supuesto, sin elevador) hazañas por las que toda mujer -vestida de antigua o no- sueña pero sobre todo llora y dichos romances se desgastan y usan en historias que nunca fueron intención del tiempo.
No era un dios, Eurídice no era la única Ninfa, pero él era artista, un inconsolable artista; Eurídice inmensamente ausente y como todo hombre que ha visto los ojos de la belleza intuía con aproximación la soledad infinita que nuestra raza lega, además sin ella el Olimpo -como sucedería en el cielo, el infierno o el limbo- no volvería nunca más a ser la esperanza que sostenía firme su lira.
Pero Hades, conmovido, le concede lo inconcebible: la regresa a la vida (¡y a la misma vida!) después de cruzar el umbral de los muertos. Hubo una única condición, Orfeo iría por delante y Eurídice le seguiría, pero él no podía voltear a verla hasta salir por completo de ahí. Ella iba detrás, ofuscada, incrédula pero iba detrás y Él, como todos idiota enamorado, ignorando que con el Amor no se lleva la Prisa, voltea y entonces la niebla:


¡Eurídice, Eurídice! Habré de perderte una e infinitas veces más.

Me viene a la mente la cabeza de Orfeo, fragmentado y desolado como el que nunca; y a Eurídice la presiento de tristísima piedra, llorándole en ratos y en las meditaciones del sueño se salen reclamos. No es como cree la vox populli que fuese una ingrata pero al menos yo me pasaría -como ahora- las noches en vela preguntándome con mi corazón de mujer:


¿Por qué, por qué mientras yo me entregaba con servilismo a la muerte y cuando subí a la barca apenas lloré; unos faldones me cubrían toda la cara y no quise asomarme porque yo musitaba confiada su nombre. Al llegar al otro lado del agua algo por dentro se me rompió y no quise ver ni vi, no recuerdo ya nada... su lira con notas de plañidera y una mirada incierta, la bruma empañándolo todo, olvidando primero al que temblando me daba la espalda, para después dejar de llamarme Eurídice y terminar con mi inaguantable unidad.