viernes, 6 de junio de 2008

La muerte está a mi izquierda, es silenciosa y prudente, a veces la siento apartada, otras siento que es ella la que me sostiene.Hubo un día en el que se filtraron incontables días, dejé de llorar porque me cansaba y deshidrataba, sin contar que los surcos que abrieron el llanto no resistirían más desbordamientos salinos. Era como Harry Haller esperando la mitad de un interminable siglo para al fin con la navaja de afeitar soltar el alma del cuerpo sin necesitar de los remedios pitagóricos: La Música, Las Matemáticas y El Vino... no obstante, mi vida se condicionó por un cuento:

En el insomnio - Virgilio Piñera

El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarro. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormirse. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.


.... fue cuando -después de nociones vagas de Shopenhahuer- supe entonces que en la muerte no encontraría ni reposo ni alivio y la vida me pareció aún más comprometedora que la muerte, el espiral atroz no concluyó, jamás concluye.