miércoles, 25 de junio de 2008

De jardines con senderos bifucardos

Cada vez que emprendo el camino me detengo por lo menos una vez y pienso, respiro (pues a veces olvido respirar) me siento y reconsidero lo ya pensado, lo elegido desde mucho antes y vienen entonces las voces, poemas que siguen susurrandóme mis muertos y otra vez -como siempre- confundo y pierdo mi voz, mi voz que no es sino la mezcla de largas tardes de drama, de una infancia en silencio; recuerdo en un cuento de Yourcenar donde habla de Ling, discípulo de Wang Fo, al verse en peligro junto a su maestro, en vez de llorar como éste, sonríe, pues le parecía una manera más tierna de llorar... Nunca pude explicarme el motivo de este, mi llanto tan basto, nunca salvo cuando lo convertí en ternura, a los 16 años algún terapeuta me dijo que mi sarcasmo no era mas que dolor reprimido y no saben, pocos saben que yo no resisto la verdad, que me cierro y no entiendo y por eso mi repulsión a la aritmética y a la economía, lo mismo que a la gramática, la verdad sólo la escuchan mis entrañas, yo no tengo inteligencia práctica, esto es, soy perfectamente capaz de comprender a un Miró y con esto soportar las alusiones del sensible, las interpretaciones del intelectual o los silencios del sabio, no obstante estoy negada para apreciar la vida en su conjunto en lugar de fragmentada, en los fragmentos se dosifican las dosis de emociones con más precisión y por eso he aprendido a amar la fealdad, la melancolía y el spleen no como simulacros, sino como componentes firmes de la belleza.

Y para despistar aun más con el título, además de que explica la realidad de la estructura de mi cabeza, me es necesario el cuento de Borges y pronunciar su frase final: No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.