lunes, 14 de julio de 2008

Nocturno de Oliverio Girondo

Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana. Luces
trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos. Telaraña que los
alambres tejen sobre las azoteas. Trote hueco de los jamelgos que pasan y
nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y cuál será la
intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras, y
en que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se asfixiaran
dentro de las paredes.
A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad, en el
espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles para que tuvieran
tiempo de acurrucarse en los rincones.
Y a veces las cruces de los postes
telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno quisiera
rozarse a las paeredes, como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo, y en
las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de
acariciar algo que duerme.