jueves, 13 de agosto de 2009

Fatalité

Notre Dame, Victor Hugo recostado en una de las bancas con pose de desenfado intuyendo en el aire pétalos dormidos, jactándose de que todo lo habitable está destinado a posar para su pluma y de pronto, en uno de los muros de la catedral, en desesperada letra, la palabra Fatalité sale al encuentro de sus ojos, en ese justo instante suenan las campanas de la torre, los cristales vibran, cae en cuenta de que él con ellos se iguala y sintoniza y al fin, gracias a esa racha de fortuna poderosa, la histora de un campanario cobra vida y valor para una mano que devora historias de la gente sin rostro ni estirpe.

¿Quién espera -con los ojos llameantes- asomarse al cielo desde los visillos de nostalgia? ¿De dónde naces y por dónde declinas? ¿Qué encierros te guardan para no desmoronarte?


Tú, el que se quedó sin nombre, desdoblando los recuerdos para repetir sus caretas, ya frígidas, ya yertas, deplorando con tristeza el nuevo sol, sintiendo en tus entrañas su fuego vanidoso que te ridiculiza y te lanza a los brazos de la noche.

Transeúnte nocturno, tarareando el ritmo de tu llanto porque qué sabes tú de sinfonías, gime más fuerte, pareciese que también se taparon los oídos.


Y es que no sólo tú, campanario nominado por el escriba, fuera de tu encierro están los que no soportan los clamores de su corazón y también se guardan y se esconden sin necesidad de eregir una torre o levantar un muro. Para la rupestre burguesía representan tú y los otros, nosotros, las grandes manchas en la majestuosidad de París o en los espectáculos de las esquinas del mundo. El poeta permanece mustio y cabizbajo cuando a tu lado pasa, imposibilitado para retener el instante apresura el paso mientras sueña con el enervante aroma de sus letras.


¡Qué tragedia! Y pensar que no se es sino un pretexto para las estadísticas. Leyendas con poca o demasiada dosis de sentimentalismo alarmante y terriblemente explotado. Con excesiva sobriedad, con potente polvo invisible, con insuficiente intrepidez para que al desquebrajarnos abrir la ventana y vomitarlo para luego inscribirnos en el mito.


Que el Eterno Retorno permanezca incesante, que los siglos continúen en su inmutable abstracción en una historia mocha que condena a la orilla o al silencio a los que quedaron -sin quererlo- al margen de ella. Encaren impávidos su quasi incorregible fatalidad, esperando su multiplicidad para saciar la sed de los hipócritas prosistas, que siempre, tan convenientemente como Pilatos, se lavan las manos.

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