martes, 16 de junio de 2009



Vaciarme hasta el fondo

y luego

regresar a la tierra

para florecer.

Y

En un fragmento de papiro de un evangelio escrito en el siglo I aparece Jesús en la ribera del Jordán con personas en derredor suyo.
La primera línea deja en claro que jesús estaba hablando, pero nos resulta imposible deducir lo que se está diciendo: faltan demasiadas letras en demasiadas palabras para aventurar una conjetura. Es como si estuviésemos demasiado lejos para escucharlo.
Captamos ciertas palabras. Dice algo de poner cosa en un lugar oscuro y secreto. Algo acerca de pesar cosas que carecen de peso.
Las gentes que puede oírlo están desconcertadas y se miran unas a otras, algunas tienen sonrisas indulgentes en los labios para ayudarle a los demás a comprender.
Jesús, que también sonríe, se acerca aún más a la orilla del río, como si quisiera demostrarles algo. Se inclina sobre la superficie, extendiendo un brazo. El hueco de su mano está lleno de semillas. Nadie había notado ese puñado de semillas.
Arroja las semillas al río.
Árboles, primero en forma de brotes, luego en forma de pequeños retoños, luego en forma de árboles completamente maduros, crecen sobre las aguas tan rápido como el latido que viene después de otro latido. Todavía no han terminado de germinar cuando comienzan a moverse río abajo, a la par de la corriente; en un parpadeo, nacen frutas de sus ramas: membrillos, higos, manzanas y peras.
Es todo lo que está escrito en el fragmento.
No obstante, seguimos dándoles vueltas en nuestra imaginación: la gente, como en un sueño, corre para no perder de vista los árboles. ¿Los árboles se hunden en el río? ¿O continúan flotando hasta desvancerse en un recodo?

Guy Davenport