sábado, 18 de julio de 2009

Memorias de abajo

A la prisionera le dio por tirar sus polvos, de pronto se vio y quedó asustada al saber cuánto le gustaban y porque -sobretodo- creía que si los dejaba, se le cerraría la puerta de la magia.

Cansada de que estuviera dominando el miedo salió sigilosa de la casa y al desierto sus polvos mágicos tiró.

Por la noche llegaron sus amigas, todas también princesas, lunáticas y estrafalarias.

Ella jugando a Scherezada les platicó su decisión y que después de tomada su decisión, eligió luego al otro día ir a recoger lo que había tirado en luna fría, sabía que estaba en el ojo de la adicción y rió, pronto entendió una de sus amigas que iba a haber una visita al desierto y emocionada también rió, arguyendo que sería toda una travesía.

Comenzó la busca.

Se organizaron como nunca en ninguna Facultad de Arquitectura y Filosofía, les emocionaba la expedición. S. cargó el recipiente y G. llevó las velas. Salieron sólo ellas dos, arriba A. y P. conversaban y también se olían.

"Hay que ser realmente idiota para" pensó G. al verle los ojos a S., agradecida -también- de que en el mundo hubiera Cortázar.

Salieron de la casa.

El aire de la noche soplaba tibio.

Con un encendedor apenas al salir de la casa prendieron sus velas y se fueron según las dos muy discretas de noche caminando a hurtadillas con la cara de idiotas y las velas encendidas.

Al desierto llegaron.

(Los polvos nos esperaban escondidos, secretos, esperando una ofrenda.

Mi corazón les cantó disculpándose por haberse peliado -no son muy orgullosos, pero se saben sagrados-, mientras, por otro lado les hablaba a nuestros fuegos el fuego para que no encandilase al viento, dócil y acechante, besar y mirar sin matar a su imposible fuego.)

Y así, en medio del desierto de noche, mezclados ya con la arena los polvos brillaron y nos dijeron secretos. Una buscó con valentía y paciencia. Otra alumbraba. Gracias por el fuego. Sonrieron las dos.