martes, 22 de enero de 2013

Crónica de dos comensales solitarias



Las muchachas se reúnen casi siempre a la misma hora a comer, podría decirse que es el único espacio que encuentran para conversar de una manera provechosa, ambas recalientas sus respectivos alimentos y ofrecen a la otra algo de su platillo para compartir, esperando el mismo gesto de la otra.

-No es que quiera hablar mal de ella –dice la de cabello más oscuro- sino que no sé, no entiendo ese aspecto de las elecciones que toman ellos para el momento de escoger una compañera, no sólo basta ser bonita, porque nosotras lo somos ¿verdad? Es otra cosa…

-Por supuesto -responde la de cabello castaño- claro que lo somos, pero al parecer necesitan a alguien que no los confronte consigo mismos, pues es más fácil cosificar al otro que no encuentran como su igual, mientras nosotras sí buscamos nuestro igual, precisamente en ese intento de no reducirlos a objetos, pues deseamos a una persona. A la mujer que elijan debe ser lo suficientemente básica para que ellos siempre se encuentren en la posición de enseñarles o corregirlas y si se encuentran a alguna realmente inteligente, debe ser como decía Retamar, sólo “ligeramente sobrehumana” y disimular muy bien sus portentos, es decir, mostrarlos, sí, pero con mesura  y recato.

-Ya lo decía Chayo Castellanos “mujer que sabe latín, ni tiene marido ni tiene buen fin”…

-Ay no me salgas con Rosario Castellanos, detesto su azote de mujer sufrida, que con una mano detiene un libro mientras que con la otra prepara el arroz… pero nunca mencionaste por qué empezó el mismo tema que nos ronda a diario…

-Ah sí, porque te decía que no quiero hablar mal de ella, es mi amiga y es linda, pero me duele que la prefieran a ella, ni siquiera tiene buena ortografía ni sabe redactar bien…

-Tú bien sabes que no es eso, ni siquiera tiene que ver con ella, sólo es el botón que pulsas para hablar de lo que duele.

-¿Y qué es lo que duele? 

-Que no te vayan a elegir nunca, que no te amen por ser quien eres, que no te conozcan y que por tanto, no te reconozcas en el espejo del otro y que todo el amor que se te desborda, lo tienes que reprimir y esa represión se transforma en otra cosa, es decir, amargura, desesperanza y desilusión. Hay una novela que leí hace mucho: “Te llamaré Viernes” y ahí habla sobre las “mujeres princesas”, no te dejes llevar por el nombre, no tiene nada que ver con lo que tú crees, son las que lloran mucho, las que fantaseaban de niñas, las que hablan solas, tercas, distantes y las que aún rodeadas de gente, siguen estando solas. Esperan, como todas –incluyendo a las plebeyas- al Príncipe Azul, que por cierto, existe: Mozart, Kant, Napoleón, Raskolnikov, Rilke, lo que sea… sólo que los príncipes azules no toleran mucho a la princesas, pues lloran demasiado y su infantilismo está prolongado y son histéricas, alguno habrá que le eche cojones, pero son pocos, casi ninguno. Entonces las princesas si ven a alguno no demasiado naranja, se arrojan a sus brazos y se convencen a sí mismas que ese y nadie más es el hombre de su vida… ¿viven siempre esperando, comprendes? por lo general les va mal… se vuelven alcohólicas o adictas al clonazepam, claro que no les va tan mal como a los plebeyas que se casan con los príncipes azules y tienen que aguantarles las azuladas, dice Polibio, personaje de la obra…

-Ahhh

-¿En qué piensas?

-Es que ¿sabes, Milena? Ayer estuve viendo La Secretaria  y descubrí que no sólo Disney nos arruinó la vida con el “vivieron felices para siempre”, en todas las películas y la literatura siempre un roto encuentra a su descocido, por muy siniestro o excéntrico, siempre hay alguien para alguien y viven un amor de esos bajo la lluvia, al lado del Sena y con los faroles o haciendo el amor en el agua…

-Esa, querida, es una de las tantas “pérdidas de la inocencia”, es cuando comparas la realidad con la ficción y caes en cuenta de que éstas nunca se mezclan, porque detrás está siempre el dolor, los celos, el miedo a la pérdida, la falta de libertad, los traumas infantiles, etc., el romanticismo zarpó, el amor cortés dejó sólo rescoldos con olor a sexo perfumado, no dudo que encontremos a un hombre para acompañarnos, pero sólo será eso, acompañarnos, sin fundirnos uno en el otro, tal vez, sólo compartir soledades y hacerlas menos lastimosas.

1 comentario:

Estefanía Rojas dijo...

Creo alguna vez haberlas escuchado, a ellas, las dos comensales, y no tan solitarias. Del dolor que padecen, el cual comparto en ocasiones con ellas, peréceme más bien un tanto la ensoñación melancólica y fantástica de la princesa, no es que no lo sean, sin duda alguna que lo son; pero en esencia, su esencia no las delimitaría jamás de tal manera.
'La falta de elección de sí misma'y no: "esperar a que te elijan", creo yo, una de las claves para transmutar aquel sentimiento llamado dolor..
Te quiero.