miércoles, 27 de marzo de 2013

Rhoda- The waves



“Reuniré mis flores y las regalaré -Oh! ¿A quién?”

Shelley

Rhoda posee una cara lunar, unos ojos redondos, oscuros y medianos, su frente es alta –pero a la medida justa- su boca, fruncida casi todo el tiempo, no está desprovista de carnosidad. En su cuerpo no predominan las curvas, pareciera como si aún después de llegada la adultez, su cuerpo se rebelara sin hacer en sí cambios drásticos, conservando de esta manera, una niñez prolongada, como desafío al tiempo y a la gravedad. Lo que más resalta en ella, además de su rostro etéreo, son sus manos, los dedos son finos y la terminación de las uñas les da una forma muy femenina. Sus pies son notoriamente pequeños, lo que hace que pierda con frecuencia el equilibrio y desprecie –por ello- el andar. Si se le viera en una fotografía o de lejos, no se duda de que es bella, sin embargo, cuando alguien se le acerca, prefiere no verla demasiado porque parece como si la rodeara un halo grisáceo de fragilidad, angustia y desesperanza.
Recurrentemente se encuentra con episodios de despersonalización y no está segura de ser ella, ni de tener un cuerpo ni tampoco un rostro. Duda de sus percepciones, de la experiencia. Su vivir es un renegar de lo que está afuera, su única cornisa es un mirar adentro. Necesita regresar constantemente a la densidad de la materia y postrarse sobre el suelo y tocar algo firme, para no sentirse en las ambigüedades de los sueños.
Persigue algo que no está, que cree perdido, siente una nostalgia por algo que no logra recordar pero que le impide atisbar los fulgores furtivos de los días, aquellos destellos que hacen soportable la espera para hundirnos luego en las aguas de la no-existencia.
Rhoda carece de ambición, de compromiso y grandes metas, es una imposibilitada para seguir el camino o abrirse otro, no espera alcanzar mucho, se limita a pasar con sutil transparencia por el mundo sin hacer notar su desconocimiento absoluto de las cosas. Imita las acciones y gestos de los otros pues comprende que en este “teatro en llamas” lo primordial es parecer y no sólo ser.
Parecería, si se le ve desde una forma ordinaria, una mente enloquecida, pero no. Es esa extrema claridad que la fulmina lo que vuelve a sus pensamientos tan retorcidos, "Cuando miras mucho tiempo un abismo, el abismo también te mira”- Decía Nietzsche. Las sensaciones de las que da cuenta se le revelan con brusquedad, cada movimiento, cada ruptura y el desenvolvimiento natural de las cosas, son para ella una violación a ese reposo al que permanentemente aspira.  
Para ella su muerte es “un retorno natural al mar inmortal del que nunca, en los ritmos de su imaginación, se ha distanciado”.

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