domingo, 13 de abril de 2014

Allá en la casa de mis abuelos



"Aunque me mates,
aunque me entierres,
me levantaré de nuevo."

V. Maiakovski

La primera ceremonia que tuve con Alonso del Río habité lugares que nunca pensé. Durante este camino se me ha permitido recordar varias vidas, desde niña sentí inclinación por diversas tradiciones que luego corroboraron lo que encontré acerca de las transmigraciones de mi propia alma. Aquella vez con la abuela empecé a notar que se me entumecían las manos y luego éstas comenzaron a moverse de maneras muy bellas, se me pidió que mantuviera los ojos cerrados porque al pensar en el juicio que los demás podrían emitir, interrumpía con eso el movimiento redescubierto, me dijo la voz que ahora me acompaña: "¿Ves lo que sucede cuando permitimos que el espíritu a través de nosotros se manifieste?"
También abrí los ojos y vi que todos estábamos en aquel momento vacíos de nosotros mismos, veía a Alonso y no había Alonso, ni Gloria, ningún yo limitado y separado rondaba por ahí. De repente empecé a pensar en los abuelos del norte, convirtiéndome en ese momento en una mujer muy joven, muy alta y morena, de pelo largo, negro y trenzado, luego me volvía una abuela, ahora con mi pelo largo, blanco y suelto, la chalina blanca que llevaba alrededor de mis hombro me ayudó con esta visión, después me convertí en un águila con unas alas inmensas, en ese momento Alonso gritó: "Áaabuelita águila".
Pasaron muchísimas cosas aquella noche que no serán dichas por esta ocasión. Cuando se encendió la vela me volví hacia Alonso llena de gratitud y respeto, no tenía rostro y supe que lo había estado buscado porque había sido algo así como un padre, un maestro o un abuelo por allá, en aquellos lugares cuasi inhóspitos.
 Después pasó un tiempo para poder ir a verlo, cuando fui no estaba llena de preguntas, pero sí con apertura y también colmada de miedos. En la primera toma de medicina allá lo que más recuerdo es que vi a un búfalo, como mi Tótem de otros tiempos y volvió a mi mente de nuevo el recuerdo de aquellos indios que invocaban al Gran Espíritu, que no levantaron templos, que defendían a la Tierra, y de pronto tuve un apagón en el alma porque el tiempo se los había tragado y nadie decía nada al respecto ¿A dónde había ido a parar su sabiduría? Empezaron a brotar lágrimas, después respiré muy hondo, pletórica de nostalgia y ese respirar fue un viento que hizo cimbrar piélagos que habían permanecido hasta ese entonces en el olvido. Sentí como si a través de mi llanto estuviera filtrándose esa herida descomunal de la Tierra por sus hijos sepultados en ella, por el dolor de esa memoria que quedó suspendida en la ingravedad, por la injusticia de los anales de la historia, de nuestros propios recuerdos. 
Por esos bramidos se asomaba una nostalgia infinita de algo que no podría regresar y pensé que no iba a parar de llorar nunca, que mis suspiros jamás se iban a saciar por más aire que engullera. Cuando se prendió la luz de la vela aún seguía con un llanto hermoso que ni siquiera precisa pensar en su fuente para seguir emergiendo. Lolita me dijo que nuestras lágrimas son regalos que vertimos en la Tierra tan seca que no ha podido llorarse a sí misma. 
Alonso estaba enfrente de mí, de nuevo sin rostro, en mi visión llevaba un enorme penacho, al lado de él estaba su compañera. Y de nuevo la aflicción por algo que creí para siempre perdido, hasta que se me dijo: "míralo, mírate, míralos, siguen aquí, nunca se fueron, los arrancaron pero volvieron a surgir".

No hay comentarios: