miércoles, 12 de agosto de 2015

Disertaciones sobre la escritura (tura de turas)

Lo primero que aprendí a leer fue poesía. No leí una novela sino hasta los 11 años. Cuando mi madre salía de viaje era menester comprarme libros de poesía del lugar al que fuera. No sé qué es lo que me gustaba en aquél entonces de los poemas, no tengo la certeza si comprendía lo que decían o si lo que me cautivaba era el ritmo al congregar ciertas palabras con otras.

Me subía a la azotea a decir los poemas en voz alta, había encontrado en casa unas hojas ya amarillentas que habían sido transcritas a máquina, entre ellas estaba “Me compraré una risa” de León Felipe y “Monólogo de un gorila”, no recuerdo el autor y no logro encontrarlo tampoco en ningún lado, tengo un fragmento de éste depositado en la cabeza: “y el hombre es un loco, enfermo de grandeza, que para cubrir su aspecto de mísero gusano se arropa con el manto de artística tristeza…” Supongo que una de las cosas que ocasionó el que empezara a leer poesía, además de que intuyera que hay algo escondido detrás de cada palabra, fue provocar en mí un desencanto temprano.

Recuerdo también que desde niña había decidido ser escritora, sospecho que el motivo fue que Mujercitas en caricatura era mi película favorita, no sabía que existía ningún libro, mi personaje predilecto era, por supuesto, Joe, quizá fue por Joe por lo que quise adoptar la máscara de escritora, se me ocurre eso al tratar de regresar al punto en el que me formé una imagen de mí en el futuro, es curioso cómo detalles que desde el foco de hoy pudieran parecer inofensivo, marcan nuestro rumbo o quizá sea el Hado quien determine eso desde un principio, no lo sabemos.

En realidad he escrito poco, no soy ningún Balzac, ni pretendo. Creo en la espontaneidad del primer verso y que si éste se da el poema entonces está hecho y llega casi de manera natural. No sé tampoco cuáles son los incentivos para escribir,  en un principio era la tristeza y la pérdida de la inocencia, pero en una reconsideración de como son las cosas, decidí quitarme los velos que me impedían ver el otro lado del mundo, es decir, el lugar de las no-sombras y esas cosas de las que muchos escritores no quieren dar cuenta porque les disgustan los colores pasteles, a mí también, no sé si sea escritora aunque lo crea, me acostumbré demasiado a ciertos tonos y todavía no puedo diluir la tinta.


Pensé mucho tiempo que ser para la escritura implicaba ser melancólica, me lo creí tanto que la tristeza me ahorcó por muchos años, de repente regresa y le saco la vuelta o la llevo a pasear, hasta que se harta de mi indiferencia y se marcha. Quisiera tener las agallas para hablar de otra cosa que de sus regresos, aunque escriba del lado un poco más claro de la luna, está presente como referencia. Aún…

No hay comentarios: