sábado, 30 de abril de 2016

El juego de la mente

Lo más fácil siempre es hacernos creer en un sentido de separación, empezando con un yo y un tú, nosotros y ellos. Son diversas los modos para justificar esas maneras, nos movemos en el espacio-tiempo donde todo se limita justamente a un margen: el mundo o la realidad limitada -por cierto que el concepto de realidad la RAE no lo sabe definir- en fin, entendamos por ésta a los fenómenos que aparecen en el mundo con sus efectos especiales que nos maravillan, aterrorizan, repugnan o nos dan igual.
El influjo de la mente es innegable, la mente que analiza, es decir, que separa, el legado del modernismo y la tan aclamada ilustración, negando todo aquello que es no sólo como posibilidad, sino como una ventana abierta y espaciosa donde la concepción del mundo no se nubla con el lenguaje sino que hay un entendimiento directo, en ese sentido Wittgenstein tenía razón sobre su famosa premisa: los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje, éste es finito, por lo tanto nuestro panorama se va cerrando a conceptos que ponen márgenes a lo real, sin contar las estructuras de la personalidad que está regida por las circunstancias culturales, ancestrales, astrales, etc... Esta personalidad se forma un concepto de la realidad donde ésta es un "afuera":  yo soy lo que percibe, el exterior es lo percibido y comienza de esta forma el juego del número dos hasta el infinito, con diferentes subjetividades fragmentadas por el universo.
Desde niña sentía la presencia del observador, una especie de desdoblamiento donde surgía la pregunta ¿quién soy yo? ¿Pero yo soy yo? El verso del Bhagavad Gita:

Exalta al yo mediante el Yo
y no dejes que el yo se hunda,
ya que el yo es el único enemigo del yo
y el Yo el único amigo del yo.


En nuestra búsqueda negamos una y otra vez nuestra sombra para tener una personalidad  respetable, exitosa, espiritual y saludable, bohemia o militante, porque siempre tiene más valía parecer que Ser, en este mundo donde el engaño y la magia de la ilusión reinan y nos sabe tantas veces este cuento a horror, a encierro pero para qué disolvernos, para qué encontrarnos...

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